Historia de los Bautistas en Paraguay

Paraguay es un país relativamente pequeño con una historia fascinante, pero trágica. Aislado detrás de una cortina de hierro política impuesta por tres dictadores por más de medio siglo, jamás se ha recuperado. El pueblo paraguayo es noble, juntando lo mejor de la sangre española y guaraní en una raza mestiza. Una vez el país más rico de América del Sur, por medio siglo ha luchado con la pobreza; una vez cerrado al resto del mundo, ahora está completamente abierto a la inmigración. Esta política de “puerta abierta” ha atraído a colonos de todas partes del mundo —menonitas de Rusia, huterianos y amitas de Pennsylvania, y japoneses de Kobe. El Paraguay homogéneo se ha convertido en un Paraguay heterogéneo.

Paraguay, como Bolivia, carece de costa de mar, y por eso, ha dependido demasiado de Argentina. Los primeros españoles alcanzaron Asunción en 1527 y edificaron una fortaleza. Debido a la naturaleza apacible de los guaraníes, y a la ausencia de plata u oro, la colonia era muy tranquila. Asunción fue eje del movimiento conquistador de los españoles, y fue desde allí que fue colonizada gran parte de Argentina, inclusive Buenos Aires misma

Entre los años 1609-1767 los indígenas fueron protegidos de los portugueses y convertidos al catolicismo por las famosas reducciones jesuíticas. Fue una obra increíble. Formaron más de cien reducciones donde enseñaron a los indígenas a cultivar sus tierras y a fabricar muchos artículos. Allá se encuentran los orígenes de la música folklórica sudamericana.

Cuando Argentina logró la independencia Paraguay rehusó formar parte de la Confederación Argentina, quedando como república independiente. Por medio siglo tres dictadores poderosos gobernaron al país: Rodríguez Francia, “el Supremo” (1814-1840); Carlos Antonio López (1844-1862); y Francisco Solano López (1862-1870). Los primeros dos tenían cualidades de grandeza, pero Francisco era vanidoso, sensual y quería ser el Napoleón de América El y su concubina, la bella irlandesa Elisa Lynch, tenían ilusiones de grandeza y convirtieron a Asunción en un centro de la aristocracia de sangre del mundo, Su deseo de agrandar el territorio paraguayo provocó a sus vecinos, y se libró la guerra suicida de la Triple Alianza contra Argentina, Brasil y Uruguay. Fue una verdadera matanza. López murió tratando de escaparse y el país quedó en la ruina. De una población de 525.000, quedaron solamente 221.000 y de éstos solamente 28.746 eran hombres. Paraguay jamás se ha recuperado de tal golpe.

Por causa de estos acontecimientos trágicos, más la Guerra del Chaco contra Bolivia (1932-1935), la sociedad paraguaya ha tenido que superar tremendos problemas sociales y económicos. El progreso del país en el día de hoy es testimonio de la perseverancia de un pueblo noble.

La economía de la nación se basa en la agricultura, la madera y el ganado. El gobierno del presidente Stroessner desde 1954 ha sido una dictadura benévola y el país ha avanzado. El pueblo es bilingüe, hablando castellano y guaraní. El catolicismo es la religión oficial pero hay libertad de cultos. Los evangélicos tienen plena libertad para propagar la fe y una garantía de la protección del gobierno; sin embargo, en los pueblos del interior a veces hay una resistencia a tal libertad.

En breve, Paraguay reúne los factores que favorecen el crecimiento evangélico y bautista. Paraguay tiene la población más baja de todos los países en Sudamérica, y por consiguiente tiene el menor número de creyentes evangélicos. En cambio, desde 1960 ha habido un crecimiento cercano al once por ciento de los evangélicos. Un estudio del porqué de tal crecimiento revela una inversión gigantesca de las misiones extranjeras de personal y de dinero. Parece también que el crecimiento ha dependido del desarrollo de grandes instituciones de parte de las misiones, como por ejemplo seminarios, hospitales, etc. Muchos de las iglesias y conversos han sido productos de la obra de estas instituciones. Sin embargo, esto plantea un problema, porque los fondos para iniciar y sostener instituciones misioneras están muy limitados. Por eso, muchos grupos evangélicos están tratando de cambiar la filosofía misionera y concentrarse en el desarrollo de elementos nacionales que pueden sostenerse a sí mismos.

Los bautistas en Paraguay ilustran lo mencionado arriba. Tenían un crecimiento muy esporádico entre los años 1953 y 1959, pero sus iglesias han crecido de una forma más uniforme desde 1960. En 1970 veinte de los veintidós misioneros extranjeros estaban en Asunción atendiendo la obra de unas pocas iglesias, del hospital y de las instituciones educativas. En 1970, de las once iglesias, cinco se sostenían a sí mismas; catorce Pastores nacionales, varios de Argentina, estaban a cargo de las iglesias. En fin, pareció que a los bautistas les costaba establecer iglesias, a menos que las respaldaran fuertemente con otras instituciones, Por eso, los mismos bautistas están manteniendo bien sus instituciones que han contribuido tanto, pero están enfatizando más la evangelización personal y la multiplicación de iglesias de parte de misioneros y nacionales como la base de toda la obra. Su futuro crecimiento dependerá mucho del éxito de este nuevo énfasis.

Precursores

(1856-1919)

Los primeros evangélicos en Paraguay fueron colportores de la Sociedad Bíblica Americana. Entre los años 1856 y 1886, varios de los famosos agentes de las sociedades, como Andrés Milne, pasaron por Paraguay y tuvieron éxito en vender Biblias. Después de la terrible Guerra de la Triple Alianza, en 1871 un grupo de paraguayos prominentes invitaron a las autoridades de la misión metodista a establecer una iglesia y una escuela en Asunción. Fue un momento difícil en la historia paraguaya, pero muy propicio para la predicación del evangelio. Un noventa por ciento de los hombres habían muerto, abundaban los problemas sociales, había cesado la influencia jesuita y muy pocos sacerdotes estaban presentes. Desafortunadamente, los metodistas no estaban en condiciones de responder inmediatamente. Sin embargo, en 1886 Tomás Wood y un tal Villanueva, obreros metodistas, respondieron a la invitación y fundaron iglesias y escuelas. Por la litigación de Wood, el registro civil, que permitía el casamiento legal de los no católicos, fue incorporado en la ley paraguaya. Estas obras metodistas prepararon el camino para otros evangélicos.

Algunas iglesias “de trasplante” se establecieron a partir de 1893 entre los colonos alemanes. En 1899 formaron una Unión Luterana. Los Adventistas del Séptimo Día llegaron en 1900, seguidos dos años más tarde por los misioneros de la Unión Misionera del Nuevo Testamento de Inglaterra. Una pequeña denominación, los neotestamentarios, muy similar a los bautistas, surgió en Paraguay y en la provincia de Misiones en Argentina, como resultado de la obra de estos misioneros. En 1916 los Discípulos de Cristo (USA) iniciaron unas obras sociales, y luego se encargaron de la obra metodista. Los primeros menonitas fueron refugiados de Rusia, escapándose de la revolución comunista en 1917. Inmediatamente abrieron obras entre los indígenas del chaco. Otro grupo de menonitas “hermanos”, muy similar a los bautistas, se organizaron en 1930. Hoy en día los menonitas y sus conversos indígenas constituyen la comunidad evangélica más grande de Paraguay. Cuando Allen Gardiner murió, la Sociedad Misionera Sudamericana (anglicana) abrió obras en el Chaco paraguayo alrededor de 1888. Estos fueron los precursores evangélicos en el Paraguay antes de la llegada de los bautistas en 1919. Subsiguientemente, a partir de 1945, varios grupos pentecostales han abierto obras con mucho éxito. Ciertas tribus indígenas han sido alcanzadas por misioneros de la Misión «Nuevas Tribus» de Estados Unidos después de 1946.

Misioneros

(1919-1956)

La historia bautista en Paraguay, propiamente hablando, comenzó en 1919 cuando la Convención Evangélica Bautista de Argentina envió al primer misionero a Paraguay. Sin embargo, fue la providencia de Dios que ya había colocado a dos familias bautistas en Paraguay que servían como base para la obra del primer misionero. En el año 1912 partieron para radicarse en Asunción los hermanos Abelardo y Angel Mongay, miembros de la Iglesia Bautista del Once en Buenos Aires, juntamente con su señora madre. Y desde allí empezaron a escribir cartas a los bautistas de Argentina expresando el profundo deseo de que los bautistas se establecieran en aquel país. Realizaban reuniones de estudio bíblico en su casa. Además, años antes de la llegada de los Mongay, unos colonos alemanes bautistas se radicaron en la zona de San Bernardino e Ypacarai. Debido al aislamiento y el idioma no evangelizaban, pero oraban por la llegada de misioneros bautistas. Cuando el primer misionero llegó a la colonia en 1920, una anciana le dijo: “Hace cuarenta años que estamos esperando. Hemos estado orando todos estos interminables años y esperando su venida y al fin tenemos la respuesta”.

La Convención Evangélica Bautista de Argentina tenía una Junta de Misiones desde su comienzo en 1908, pero se esforzaba para sostener la obra bautista en Chile. Por eso, no pudo responder al “llamado macedónico” de los hermanos Mongay. Sin embargo, en 1919 la Convención Argentina entregó la obra chilena a la Junta de Misiones Foráneas de los Bautistas del Sur de Estados Unidos. Librándose así de la responsabilidad chilena, se sentía capaz de emprender una obra nueva. Resolvió abrir una obra en Asunción en 1919. El presidente de la Junta de Misiones argentina, Maximino Fernández, hombre tenaz y avezado en el difícil trabajo de comenzar obras nuevas, fue indicado como el misionero.

Maximino Fernández era hombre apto para la tarea. Nació en España, pero muy joven, se trasladó a Brasil donde trabajaba su padre. Casi muere de un caso de la fiebre amarilla, y por un cambio de clima se trasladó a Argentina donde trabajaba como obrero ferroviario. Era un hombre fuerte y fornido con una voz potente. Por medio de reuniones caseras de estudio bíblico se convirtió en Barrancas, Argentina, y pronto volvió a Brasil para testificar a sus familiares. Mientras estaba en Río de Janeiro, se encontró con J. L y Tennessee Hamilton Hart, misioneros en camino hacia Argentina. Se hicieron amigos, una amistad que siguió a través de toda la vida, y cuando los Hart se radicaron en Rosario en 1905, Fernández se encontró otra vez con ellos. Hart le invitó a ser su ayudante en la nueva obra. Sin letras e instrucción formal, Fernández estudiaba con Hart y llegó a ser un buen predicador y obrero. Por ser físicamente grande, y por tener una voz potente, se destacó como predicador al aire libre. Juntamente con Hart, era pionero de la obra bautista en Rosario. Se casó con una mujer española muy capaz, Ceferina Fernández, en 1911 y los dos llegaron a ser obreros idóneos.

Hart y Fernández formaron un equipo evangelizador y comenzaron obras en Pergamino, Rufino y Colón. Por su celo evangelizador, Fernández fue elegido presidente de la Junta de Misiones de la Convención Bautista Argentina en 1919. En fin, cuando él y Ceferina tomaron la decisión de ir a Paraguay como los primeros misioneros, ya eran obreros con mucha experiencia.

Antes de pensar en su establecimiento definitivo, Fernández fue enviado a Paraguay en un viaje de exploración. Salió el día 13 de mayo en viaje hacia Asunción. Fernández comentó:

“Llegué a Asunción bajo una copiosa lluvia. Asunción es grande, pues tiene una población de l20.000 habitantes. Se extiende sobre una colina y esto le da una hermosa vista al río. Hay tranvías eléctricos con buen servicio, ¡aunque sus guardas andan descalzos! La ciudad es bastante bonita y tiene buenos edificios, pero no tiene ni aguas corrientes, ni servicio de cloacas… El estado moral no puede ser peor, aunque es algo animador ver muchas escuelas con bastantes alumnos en ellas.

Otra de las muchas dificultades que tendremos que vencer es la carestía de la vida. Los alquileres de las casas son elevados y asimismo resulta muy difícil encontrar alguna desocupada”.

De vuelta en Argentina, Fernández hizo una gira por todo el país recorriendo las iglesias para que pudieran conocerlo y despertar interés en la obra en Paraguay y aumentar las contribuciones a la Junta de Misiones. Antes de irse, la Iglesia de Pergamino le tributó un sentido homenaje por su espléndido trabajo.

Los Fernández llegaron a Asunción en octubre de 1919. Los Mongay les había alquilado una pequeña casa provisoria y muy precaria. Durmieron en el suelo mientras buscaban otra casa y un local para las reuniones. Salían todos los días a repartir tratados y a testificar. Fernández mismo fabricó los bancos y el púlpito para el primer local que inauguraron el 8 de febrero de 1920. Cuando la asistencia no le satisfacía a Fernández, salía a predicar en las plazas a pesar de una terrible oposición de parte del clero católico. Varias personas de influencia en la ciudad se convirtieron, como el doctor Ortíz y Arturo Sánchez. Fernández viajaba por las colonias alemanas donde encontró a varios creyentes y fundó unos puntos de predicación. Empezó reuniones en Ypacaraí, Itá, Luque, San Antonio, San Bernardino y Tacuari. Su táctica era celebrar un culto en la casa y luego, con todos los familiares y vecinos que asistían, se trasladaba a la plaza y predicaba un mensaje con su potente voz, que llegaba nítida a todos los rincones.

El día 24 de octubre de 1920 se organizó la Iglesia Bautista de Asunción. A las cuatro de la tarde se trasladaron al río Paraguay para tener el bautismo de los nuevos creyentes, José Medina, Isidro Peña y Bienvenida Saravia. Luego volvieron al local, donde fue constituida la iglesia con los siguientes miembros: Maximino Fernández y señora, Elvira Fernández, la hija mayor, Juan Sánchez, Abelardo y Angel Mongay, Santiago Leguizamón, Pedro y Margarita de Liben y sus hijos, Elsa, Pedro, Juan y Adolfo, recién llegados a Asunción. La obra prosperó mucho y fueron abiertos “anexos” en otros lugares. A pesar de la prohibición gubernamental, Fernández siguió predicando al aire libre con mucho éxito.

Debido al trabajo incansable y el clima pesado, la familia Fernández fue afectada y era necesario un cambio. Al mismo tiempo, los misioneros Hart se habían trasladado a Chile y necesitaban ayuda. Así fue que, repentinamente, en abril de 1922, los esposos Fernández abandonaron Paraguay. Dejaron una obra bien comenzada y desarrollada. Maximino Fernández y su familia fueron a Chile donde realizaron otras obras pioneras. Por cierto, los Fernández merecen un lugar de importancia entre los pioneros bautistas de América Latina.

Unos dos meses después de la partida de los Fernández, la Convención Argentina envió a Enrique Molina para reemplazarlo. Molina, un evangelista por excelencia, no dedicó mucho tiempo a la Iglesia en Asunción, sino concentró su actividad en las obras del campo donde organizó varias iglesias nuevas, más otra iglesia en las afueras de Asunción. Sin embargo. Molina también cayó víctima del clima y dejó Paraguay por mala salud en 1927. Celestino Ermili le suplantó. El ministerio de Ermili fue limitado por falta de fondos y por la Guerra del Chaco. No obstante. pudo comprar una nueva propiedad de los metodistas para la Primera Iglesia antes de salir en 1939. En aquel año, la Primera Iglesia de Asunción tenía sesenta y seis miembros. Después de veinte años, los bautistas ya tenían un buen comienzo en Paraguay, pero la Guerra del Chaco con Bolivia deshizo casi todo y hubo que empezar de nuevo, En 1945, de acuerdo con la Convención de Argentina, la Misión Bautista del Rio de la Plata, auspiciada por la Junta de Misiones Foráneas de la Convención Bautista del Sur, se hizo cargo de la obra bautista en Paraguay con la llegada de S. L. Goldfinch desde Uruguay. Goldfinch, un misionero entregado y creativo, trajo los recursos necesitados por la obra paraguaya. Se organizó la Segunda iglesia Bautista de Asunción e instaló al pastor Pedro Ruiz Díaz como su obrero. Cuando él dejó la iglesia, ya contaba con 126 miembros. La misionera enfermera Miriam Willis, inició una clínica en un barrio pobre de Asunción con tanto éxito que el esfuerzo llegó a convertirse en un buen hospital. El médico-misionero, Franklin Fowler, hijo del misionero pionero de la Argentina, llegó en 1947 y el hospital fue formalmente inaugurado en 1953 en edificios pagados por la Fundación Jarman. Sería imposible enfatizar demasiado la influencia del Hospital Bautista en el desarrollo de la obra bautista en Paraguay. Fowler, y los otros médicos quienes han servido en el hospital, tenía el deseo de extender la obra. Los médicos McDowell, Lewis, Skinner y otros, juntamente con un equipo de enfermeras misioneras excelente, han sido instrumentos en la apertura de varias obras e iglesias. Por ejemplo, Fowler arregló una Escuela Bíblica de Vacaciones en su garaje durante un verano que resultó después en la Iglesia de Villa Morra. Una escuela de enfermeras funcionaba adjunta al hospital. Homologada por el gobierno, recibía alumnas de otros países.

En 1952 se organizó la Misión Bautista en Paraguay. Antes había sido parte de la Misión Bautista del Río de la Plata. En 1955 había cinco iglesias organizadas en Paraguay, tres en Asunción con nueve “anexos”, una en San Juan y otra en Encarnación. Desde 1948, los esposos Craighead, ex misioneros en Europa, estaban radicados en Encarnación para trabajar entre los colonos eslavos en Paraguay y Argentina. La Misión, además de la obra del hospital y de las iglesias, se encargó de unas escuelas primarias y empezó un Instituto Bíblico en 1956. Un campamento bautista fue comprado en ltacurubi de la Cordillera.

Nacionales

(1956 hasta hoy)

Un nuevo período en la historia bautista paraguaya se inició en 1956. Hasta ese año, la iniciativa de la obra bautista estaba en manos de misioneros argentinos y norteamericanos. Sin embargo, en 1956 se organizó la Convención Evangélica Bautista del Paraguay con sus propias juntas, programas y proyectos. Delegados de cinco iglesias, trece puntos de predicación, tres pastores ordenados y 655 miembros formaban la primera Asamblea. La Misión Bautista Paraguaya apoyaba la iniciativa y, en un sentido, se incorporó en ella. Había veinte misioneros en el país en ese momento significativo. Desde el principio, hubo una contabilidad financiera en conjunto, programas de extensión coordinados y, en fin, una integración total de la obra bautista. En ese sentido, Paraguay ha sido ejemplar en la cooperación entre la Misión y la flamante Convención. Esto no quiere decir que no han tenido problemas; sí, han tenido varios altibajos en las relaciones entre nacionales y misioneros. Pero, en principio, la obra estaba unida desde 1956.

Se estableció un Programa Cooperativo y las iglesias miembros daban un diez por ciento de sus entradas al mismo. La Misión se encargó de fondos para edificaciones y propiedades y administraba préstamos. Todos los otros pedidos pasaban por las iglesias, la Junta Directiva de la Convención y luego la Misión. La operación corriente de la Convención estaba en manos de su Junta Directiva. Desde la organización de la Convención, el número de las iglesias se ha triplicado; el número de pastores ha aumentado desde tres en 1956 a dieciocho en 1970; y los miembros desde 655 hasta 1.471 en 1970. Debido a un excelente equipo de obreros bien adiestrados, la Convención paraguaya ha funcionado eficazmente a pesar de ser pequeña

En 1970 los bautistas paraguayos celebraban dos aniversarios, a saber: las bodas de oro de la obra bautista y las bodas de plata de la llegada de la Misión. A partir de 1970 la obra paraguaya ha marchado adelante. Por medio del Instituto Teológico inició un programa de educación teológica por extensión; aumentó sus programas de radio y televisión; lanzaron programas de evangelización a través de medios audiovisuales en los campos y por escuelas bíblicas de vacaciones. Además, mantiene sus escuelas con más de 1.000 alumnos; su escuela de enfermeras; y ha respondido positivamente a varias inundaciones que azotan a Paraguay de vez en cuando.

El Hospital Bautista mantiene su lugar de prestigio en Asunción y ha ampliado sus facilidades y sus capacidades. Un programa de educación clínica pastoral fue comenzado por el misionero Jaime Watson en 1963 y ampliado en 1973 para atender a estudiantes de otros países. Además, el Hospital tiene una clínica móvil que atiende a muchos en los pueblos del interior.

Aprovechando la tolerancia religiosa, los bautistas han cooperado con otros evangélicos en grandes campañas de evangelización, con muy buenos resultados. Más de 5.000 personas respondieron en una campaña en 1976. En fin, la puerta para una obra bautista sin límite está abierta en Paraguay en el momento presente. Dios ha preparado un equipo de líderes capaces como José Missena, quien ahora es el director de evangelización para todo el continente, y Dionisio Ortiz, rector del Instituto. Todos estos líderes han sido preparados en el Instituto y en el Seminario Internacional en Buenos Aires. La clave del crecimiento grande de la obra ha sido la presencia de este liderazgo nacional y una Misión que sabe apoyar la obra nacional sabiamente. Cabe destacar también el papel de las mujeres bautistas. Varios de los puntos en la Convención son ocupados por mujeres bien entrenadas. Betty Missena fue elegida presidenta de la Convención en una ocasión, y varias de las maestras en las escuelas y el Instituto son graduadas de los Seminarios.

Las perspectivas para el porvenir de la obra bautista en Paraguay son buenas. En 1986 había cuarenta y seis iglesias organizadas con noventa y cinco puntos de predicación; el total de miembros se calcula en 5.310; y había treinta y cinco pastores nacionales trabajando con cuarenta misioneros en todos los aspectos de la obra. Una campaña nacional de evangelización en 1986 ha aumentado aún más estos números. Si Paraguay puede evitar otra gran tragedia nacional; y si la situación política continúa garantizando la libertad religiosa, entonces, la obra evangélica en general, y la obra bautista en particular, deben seguir creciendo.

Fuente: Historia de los Bautistas, Tomo III, Justo Anderson, Casa Bautista de Publicaciones, 1990